Va por tí Manolo

Debe ser que me ha animado pensar que al menos tú me lees querido amigo, así que ahí te suelto la primera página de una novela que pronto verás publicada. Ya sabes que la palabra pronto es un concepto ambiguo de tiempo. Pero cuando la publique, tú lo sabrás antes que nadie. El caso es que tengo casi toda la trama, pero esta noche he decidido que dejaría de banda cualquier otra ocupación y escribiría al menos unas palabras. He escrito unas cuantas más de las que aquí lastro. Pero ya entran en trama, esas mejor las ves publicadas. Te anticipo, no obstante, que es una historia de amor, aunque de un amor un tanto místico. También tiene un protagonista que se ve arrastrado a un viaje desesperado, en un intento audaz de salvar a su pueblo de un enemigo temible. Y por último te contaré que en ese viaje conoce a un hombre sorprendente y a una mujer mágica. En fin, paro ya, sino te contaré el argumento. Si te quejaste de que me extiendo poco en mis escritos en este blog. Lo siento, hoy no voy a extenderme tampoco. Como ya aquí te he dicho, ahí va el principio de esta historieta mía.


La vegetación parecía cerrarse frente a sí y sus pies se hundían en la nieve con más profundidad a cada paso. Quería soltar el zurrón de los víveres que llevaba colgado a la espalda. Pero para eso, primero debía soltar el arco que su mano izquierda afianzaba con tal celo, que la creyó en rebeldía contra su mente. Y las flechas, claro, de qué le iban a servir entonces. Quedaría en ésas desarmado, pues la daga que colgaba de su cinto tendría la misma utilidad que los dientes para una rata acorralada. El zurrón abierto esparramaría la carne en salazón que contenía en previsión a dos días de cacería, y quizá aquella bestia se conformara con ella
Eres Ataar el asesino- se dijo -. Por eso no puedes soltar el jodido arco ni las putas flechas. Porque vas a morir luchando, mirando a ese tigre a los ojos para que sepa de la gallardía del alma que habita su próxima cena.
Se giró entonces con vertiginosa velocidad hacia su enemigo, y sin saber cómo, el arco se hallaba ya con un dardo dispuesto sobre su cuerda tensada. Pero el tigre blanco se había esfumado. Sólo quedaban de su presencia las huellas de sus patas que se perdían en la espesura del bajo-bosque y su olor que traía el viento y que Ataar no olvidaría por años que la muerte arrinconara su nombre.
Empezó a caminar hacia atrás sin dejar de apuntar en la dirección donde se perdía el rastro. El viento congelaba el sudor que brotaba frenético de cada poro de su frente, y entonces, topó con quien su pánico no le había permitido presentir.
Se giró de nuevo con el arco aun tensado y sorprendentemente sereno, quizá haber mirado a la muerte una vez, era suficiente por un día.
Aquellos ojos penetraron en su ser apartando de su camino sus pensamientos más secretos, con tal fuerza, que pudo sentir en ellos el desprecio y la compasión que traían consigo, como una misma cosa, desnudándolo a su paso, hurgando en los lugares que la resignación había relegado al olvido.
No medio palabra, pero sin duda era ella. La hechicera, la bruja, la abominación que todos temían. Y ahora él poseía su secreto. Lo que nadie más tenía vivo o cuerdo. Y sintió calma. Y tal ausencia de miedo, que en su fuero interno se burló de sí mismo por haberse creído alguna vez valeroso.

 

 

                                                            Akhennion