Véndete un placebo.

Esta es la definición de placebo, en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua;

 

   (Del lat. placebo, 1.ª pers. de sing. del fut. imperf. de indic. de placēre).

1. m. Med. Sustancia que, careciendo por sí misma de acción terapéutica, produce algún efecto curativo en el enfermo, si este la recibe convencido de que esa sustancia posee realmente tal acción.

 

 

             Y para todos aquellos que buscan la luz del éxito, y que ya han meditado sobre el camino a tomar, con la siguiente pregunta, podría dar por terminado este artículo:

 

      ¿Eres capaz de venderte un placebo?

 

      Para el resto de los mortales que aun no han captado la solución que trae consigo esta pregunta, trataré de explicarme.

 

 Naturalmente, no hablo de enfermedad, o al menos no exclusivamente. Pero la idea de placebo es altamente explicativa. El enfermo recibe un producto totalmente inocuo por un profesional de la medicina, que le dice que con aquello sanará con toda seguridad. Y es, por supuesto, la fe incondicional del paciente en la medicina y no la medicina en sí, lo que acaba curándole.

 

   En el camino hacia aquello que quieres, el primer obstáculo a salvar para la mente es sin duda alguna admitir que aquello que queremos es para nosotros, que es posible. Y no solo es el primer obstáculo, sino que además no admite continuación si no lo superamos. Es a mi juicio la razón principal por la que la mayoría de los sueños nacen muertos.

  Cuando un sueño nace debemos insuflarle vida inmediatamente, y el único estímulo al que responden los sueños en su nacimiento es, creer, creer en ellos con el verdadero significado de esta incomprendida palabra. Creer como en cualquier otra cosa que estemos tocando, viendo, o sintiendo.

 

  Y es en este, a veces, acto de fe infinita, donde nuestra mente resbala con el viscoso aceite de nuestras experiencias, prejuicios, críticas ajenas y autocríticas, entre otros contaminantes residentes en lo más profundo de nuestras almas. La estúpida voz de la necrótica resignación, del rancio conformismo, que alza su afilada daga para clavarla en el corazoncito de nuestro recién nacido e indefenso sueño.

 

  Véndete entonces el placebo. Siendo el paciente que lo toma y el médico que lo administra a la vez. Y cree en él y en lo milagroso de de su efecto, aunque todos esos maleficios del alma que acabo de comentar te digan que es una pastillita de azúcar sin ningún poder.

 

   ¿Difícil? Sólo será difícil si así lo crees.

 

  Este placebo del que hablo, que por supuesto no es físico, tiene el efecto que tú vas a darle. Mi consejo es que seas un tramposo con tu mente, pues ahí reside el poder del placebo, en su “trampa”. Si, por ejemplo, tu meta es ganar un millón de euros en los próximos tres años, y por más que se lo repites a tu mente, se resiste a creer en que eso sea posible. Dale vida a ese dinero, no pienses sólo en él, sino en todo aquello que te va a aportar, aquello con lo que sueñas, y vívelo mentalmente. Siéntete en posesión de aquello que te traerá ese dinero, porque para tu mente será mucho más fácil implicarse emocionalmente. El porqué de hacer esto, yo creo que reside de nuevo en la existencia de todos esos anti-sueños de los que hablo aquí, y cuyo maléfico efecto cala tan fuerte en nuestra mente.

  Pensemos por ejemplo en el famoso cuento de la lechera, que a más uno nos han contado en nuestra infancia. ¿Inocente?, algunos me tacharán de radical, pero yo creo que es el cuento más mezquino que podemos contarle a un niño, por no calificarlo con un término mucho más soez y ajustado para él, y la madre que lo matriculó.

 El cuentecito, a mi juicio más para necios adultos que para niños, nos narra la historia de una lechera, que con un cántaro lleno de leche, empieza a soñar y planificar el cómo va a convertir la leche de ese cántaro en prosperidad. Todos conocéis el cuento, así que me ahorraré los detalles, pues el más escabroso y mordaz se encuentra en su moraleja. Esa que muchas mentes frustradas se encargan de transmitir a los niños, con o sin ayuda del cuento. Y es la idea de que no hay que soñar, porque soñando el cántaro se cae al suelo, vierte su contenido, y con él, el de tus sueños. Así que no sueñes niño, porque te harás de ilusiones que luego no se cumplirán y te llenarán de frustración como a mí.

 

  ¡Díos mío! Líbranos de las ideas que parieron esta moraleja, porque en ellas residen la resignación, la derrota, el desánimo y la pobreza.

 

  ¿Alguien se molesta en explicarles a los niños el verdadero final de este cuento?¿ Alguien les dice que la lechera pegó los trozos del cántaro roto y que volvió a la vaquería? Que con el poder y la determinación que le confería creer en su sueño, convenció al vaquero para que volviera a llenarlo, naturalmente a cambio de una parte de su recién gestado negocio. Que no le importaba cuantas veces se le pudiera romper, pues ella se encargaría de reconstruirlo cuantas veces fuera necesario. Y que aquel sueño, junto a su plan y su puesta en marcha sin abandonos ni dilaciones, hoy se llama La Lechera, Pascual, Central Lechera Asturiana, o tantos miles de nombres comerciales en cientos de países.

El enemigo de tus sueños vive en tu interior y se alimenta de ideas tan “inocentes” como este cuento. No lo subestimes porque vive arraigado en ti. Te lo inocularon cuando te decían que no eras bueno, para esta actividad, o esta otra. O la primera vez que oíste, nunca llegarás a nada. O, estás loco de apuntar tan alto, y tu caída será fatal (otro día ya me meteré con la fábula de Ícaro).

 Por supuesto no me estoy metiendo con aquellos que te transmitieron dichas ideas, pues creo sinceramente que en la gran mayoría de los casos quien te cuenta el cuento de la lechera no es consciente del veneno que lleva. Que quien te contó todas esas cosas te quiere y teme porque la vida no vaya a hacerte daño. Y porque seguramente, el miedo es un virus que como todos los virus necesita de su transmisión para seguir viviendo.

 Poderoso enemigo, poderosas armas para batirlo. Véndele un placebo a tu mente contra él. Piensa, obsesiónate, disfruta en tu mente de todo aquello que te aportará la consecución de sueño. Tus persistentes anti-sueño estarán ocupados negándole tu sueño a tu mente, y seguro no van a darse cuenta que los has engañado. Que no estás pensando en dinero, fama, reconocimiento, o cualquier cosa que desees, solamente. Sino que además estás implicado emocionalmente, porque le has puesto nombre a ese objetivo, y su nombre es todo aquello que te aportará y que tiene imágenes poderosas de deseo en tu mente.

 Las chicas me matarán por esto, me sepa o no explicar. Una vez conseguí un objetivo económico que mi mente rechazaba, poniéndole el nombre de una mujer por cuyos huesos mi alma andaba trastocada. Haciéndole creer que consiguiendo aquel objetivo, también la tendría a ella. Sí, lo sé, pero el scatergoris es mío y hago con él lo que quiero. Sigue leyendo, y luego me envías ese correo llamándome machista, materialista, o lo que desees. El caso es que mi mente se apasionaba con la idea de tener a aquella mujer, y esa pasión me hizo creer. Engañé a mi mente. Fui capaz de venderme un placebo.

  NO, no conseguí a la chica. Pero obtuve la pasta, y eso me valió, o al menos eso me gusta creer.

 

  Tu mente no te dará lo que no admita con pasión. Si tu objetivo no te apasiona, hazle trampa a tu mente. Si no sabes cómo, utiliza la autosugestión.  Véndete un placebo.  

 

                                                Akhennion.