¿Sabes lo que quieres?

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Hace unos años leí al respecto, en alguna publicación de cuyo nombre no puedo acordarme, que para ir por la vida sin saber a dónde uno debía ser como un monje saolin. Nos recordaba la mítica serie de televisión, donde David Carrandene viajaba sin rumbo, a donde le llevaran las circunstancias, encontrándose con todo tipo de dificultades a batir. La ingeniosa explicación que nos daba para que eso fuera posible, es que un monje saolin pasa una vida de profundo entrenamiento mental y físico para estar preparado para todo. Y la reflexión venía ahí. Si no estás preparado para cualquier contratiempo, mejor que sepas a dónde te diriges. Evidentemente no hablamos de viajar físicamente, en lo cual esto se hace absolutamente evidente para todo el mundo. Cualquiera sabe que preparar un viaje, la ruta, prever lo que te vas a encontrar en el camino y a la llegada, es sin duda bueno para el viajero.
Si hablamos de objetivos, de metas de vida, saber lo que queremos, es imprescindible para que nuestra mente planifique la ruta a seguir, las acciones a acometer. Si sólo anhelamos algo bueno, sin saber que es, nuestra mente se encontrará incapacitada para decirte que debes hacer, a qué debes estar atento, y en tal caso, a menos que estés preparado para todo como un monje saolín, la probabilidad de que te veas arrastrado al desastre es alta, de hecho, creo sinceramente que es altísima.
Y ¿cómo sabemos que sabemos lo que queremos? Parece increíble pero cierto, basta con preguntar a unos cuantos conocidos de nuestro entorno, para darnos cuenta que la gran mayoría, en general, no sabe lo que quiere. Sí, te hablarán de objetivos generales, como quiero tener una buena casa en un buen barrio, o un trabajo que me aporte mucho dinero, incluso en las metas no económicas carecerán de una concreción espantosa. Y, claro está, no saber concretamente lo que se quiere, es exactamente igual que no saber lo que uno quiere. Para resolver la cuestión, para saber si realmente lo que buscamos es lo que queremos en realidad, lo primero que tenemos que ser es concretos en nuestro objetivo. Cuanto más concretos podamos ser, más fácil lo tendrá nuestra mente para crear un plan que nos lleve. Una vez concretemos lo que buscamos, nos daremos cuenta de que sólo podemos obtenerlo si lo admitimos, pues no podemos conseguir nada que nuestra mente no admita, que no sea capaz de creer. Si por ejemplo hemos decidido que vamos a invertir todos nuestros esfuerzos en llevar a nuestro modesto grupo de rock, a lo más alto de las listas mundiales de éxitos, pero no somos capaces de creer que es posible, nuestra mente se encontrará incapacitada para llevarnos. Simplemente, nuestra mente nos hará caso. Cómo va a proporcionarte planes creativos para un objetivo en el que no cree. Paradójicamente creerás que tu mente no te lleva a dónde le pides, lo más alto, pero estás equivocado, tu mente no te lleva allí, porque no crees en ello.
Supongamos que ya hemos concretado y hemos conseguido que nuestra mente crea fervorosamente que somos capaces de conseguirlo, que lo que hemos elegido para nosotros está ahí, esperando a que vayamos a tomarlo.
Será una vez más la divina perseverancia, la que nos dará una pista de si aquello es para nosotros, si realmente sabemos lo que queremos. Porque cuando la mente sabe realmente lo que quiere, nunca se rinde, persiste, persiste y persiste, hasta que los contratiempos y fracasos temporales se cansan de ponerse en medio y se apartan.
Saber lo que se quieres te proporciona la cualidad de poderte preparar para ello. ¿Simple no? Sobre todo decirlo. Hazlo y alucinarás.

 

 

                                                            Akhennion
                         

 


" -¿ Y cuándo piensas realizar tu sueño?- , le preguntó el Maestro al discípulo. - Cuando me llegue una oportunidad de hacerlo-, respondió éste. El Maestro le contestó: - La oportunidad nunca llega. La oportunidad siempre está aquí."
Anthony de Mello.

Y dejadme añadir: - ¡Mirmidones! La inmortalidad está tras esa playa, id y tomadla. ¡Es vuestra!-.

 

 

                                

Había una vez un cortador de piedra que no estaba satisfecho consigo mismo y con su posición en la vida

Un día pasó por la casa de un rico mercader. A través del portón abierto, vio muchas riquezas y visitas importantes.

- "¡Qué poderoso debe ser ese mercader!", pensó el cortador de piedras. Se puso muy envidioso y deseó poder ser como el mercader.

Para su sorpresa, repentinamente se transformó en mercader, disfrutando más lujos y poder que los que jamás pudo imaginar, pero era envidiado y detestado por aquellos con menor riqueza que él. Pronto un alto oficial pasó por allí, llevado en andas en un trono, acompañado por lacayos y escoltado por soldados sonando gongs. Todos, sin importar su riqueza, tenían que inclinarse ante la procesión.

- “¡Qué poderoso es ese oficial!", pensó. "¡Quisiera ser un alto oficial!"

Entonces se transformó en un alto oficial llevado a todos lados en andas en su adornado trono, temido y odiado por toda la gente de los alrededores. Era un caluroso día de verano, por lo tanto el oficial se sentía muy incómodo en el trono. Miró al sol en lo alto. El sol brillaba orgulloso en el cielo, inmutable ante su presencia.

- "¡Qué poderoso es el sol!", pensó. "¡Desearía ser el sol!"

Entonces se transformó en el sol, brillando con fuerza sobre todo el mundo, abrasando los campos, insultado por granjeros y trabajadores. Pero una enorme nube negra se movió entre el y la tierra, como para que su luz no pudiera brillar sobre todos ahí abajo.

- "¡Qué poderosa es esa nube de tormenta!", pensó. "¡Desearía ser una nube!"

Entonces se convirtió en una nube, inundando los campos y poblados, escuchando los gritos que todos le proferían. Pero pronto encontró que era alejada por alguna fuerza poderosa, y se dio cuenta que era el viento.

- "¡Qué poderoso que es!", pensó. "¡Desearía ser el viento!"

Entonces se convirtió en el viento, volando tejas de los techos de las casas, sacando árboles de raíz, temido y odiado por todos. Pero despues de un rato arrasó contra algo que no se movía, sin importar la fuerza que hiciera al soplar. Una enorme roca.

- "¡Qué poderosa es esa roca!", pensó. ¡Quisiera ser una roca!"

Entonces se convirtió en una piedra, más poderosa que cualquier otra cosa en el mundo. Pero cuando estaba allí, escuchó el sonido de un martillo golpeando un cincel sobre la dura superficie, y sintió que lo estaban cambiando.

- "¿Qué puede ser mas poderoso que la roca?", pensó.

Miró y vio delante de sí la figura del cortador de piedra.

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