“La falta de actitud acaba convirtiéndose en falta de caracter."         Albert Einstein.

 

 

      Estoy de acuerdo con esta cita, aunque tengo en reproche para el genio el no haberla formulado en positivo, ya que en positivo también es verdad: “Mantener una actitud positiva acaba convirtiéndose en virtud de carácter”.

 

    Disculpe quien lea, el hecho de que frecuentemente acabe recurriendo a ejemplos bélicos para clarificar lo que quiero decir, cuando hablo de miedo. Los instructores militares saben muy bien que quien se fuerza a cometer actos de valor en la batalla, acaba incorporando este valor a su carácter, y de esta forma deja de ser “fingido”. Seguramente los psicólogos dirían mucho al respecto, pero parece ser inherente al ser humano, que cuando mantiene una conducta determinada, dicha conducta acaba conquistando su subconsciente de tal forma que el sujeto pasa a realizarla con total naturalidad, pasa a ser falta o virtud de su carácter. La aceptación de este hecho debe llenarnos de optimismo, pues en su formulación positiva derrumba muros que tenemos instalados en nuestros corazones, uno de ellos es la gran mentira de que la gente no cambia. Cuántas veces hemos encajado comentarios sobre nuestra forma de ser, recibiendo la coletilla de que siempre serás un tal o un cual. Cuántas personas tienen su autoestima encerrada entre barrotes mentales que les señalan cómo son inamoviblemente. Desde aquí le digo a todo aquel que quiera escucharme, que es mentira que no se pueda cambiar el carácter para bien, se puede, y la única forma que conozco es desde la conducta, desde la actitud.    

       Hay quien dice que, aunque hayamos puesto nombre a nuestras emociones, positivas y negativas, el ser humano realmente, sólo es capaz de sentir dos diferentes, una de cada, en diferentes intensidades, pero dos vibraciones sólo al fin y al cabo; amor y miedo. Mirando en mi interior, no sabría decir si cuando siento odio, celos, rencor o envidia, entre otros malos sentimientos, en realidad, sólo estoy sintiendo miedo. O si cuando siento fe, optimismo, romanticismo o determinación, en realidad sólo siento amor. Lo que sí se decir, es que sé cuando un sentimiento, tenga el nombre que tenga, me hace sentir bien, y cuando me hace sentir mal. O muy bien, o muy mal. Y también sé, que cuando siento miedo, éste puede llegar a invadirme de tal forma, que altera la percepción de todo lo que reciben mis sentidos, y puede llegar a paralizarme, llevarme a decir o hacer cosas que en realidad no deseo, puede en definitiva y frente a una situación en concreto, convertirme en mi enemigo, y no en mi mejor amigo, que es quien realmente soy. 

   Uno de los reproches que podemos hacer la mayoría de veces cuando recibimos un consejo, es que sabio o no, suele estar basado en decirnos el “qué” tenemos que hacer frente a una situación determinada, pero rara vez nos dice “cómo” tenemos que hacerlo. Y claro, como rara vez prestamos atención a esta sutileza, nuestra vocecita interna empieza hablar, antes incluso de que nuestro interlocutor haya acabado su consejito, y nos dice: “Claro desde fuera se ve muy fácil”. No me atrevería a catalogar de arrogancia el mal encajar que tenemos habitualmente para ellos, pues, quién no ha recibido alguna vez un consejo evidente, de esos que te dejan cara de tonto, y que a menudo sufrimos de personas estimadas, con las que ni siquiera podemos permitirnos la pataleta del sarcasmo. Los sabios de todos los tiempos han gastado océanos de saliva en reiterar que frente a cualquier decisión obrar sintiéndose bien acaba brindando a nuestros pies los frutos del éxito. Toda situación que experimentamos se ve forzosamente filtrada a través de nuestro sentir en ese momento. La percepción es subjetiva, siempre. Cuando sentimos miedo, el miedo será quien filtre nuestras percepciones. Cuando sentimos amor, será éste quien lo haga. Pero ¿Puede un guerrero sentir miedo y luchar como un valiente? Sí, puede. Tenemos el poder de controlar nuestros pensamientos y también nuestras actitudes, y con ello acabamos controlando nuestros sentimientos por poderosos que puedan parecernos. Todos hemos sentido la sensación de frustración, por querernos sentir de una manera diferente a la que nos sentimos en un momento determinado, y no conseguirlo instantáneamente. Todo talento requiere práctica.

   Una de las virtudes del carácter cuando lo apuntalan el amor, la determinación, el coraje, y muchas otras cualidades de un alma hacia el éxito de propósito, es la perseverancia. La perseverancia, que no la tozudez del necio, es una virtud de carácter. El miedo, la inseguridad, la dilación, y todos los demás hijos de la pobreza de espiritu, no son promotores de perseverancia. Anhelan en vez de esperar con fe y seguridad. Desconfían en vez de abrir sus puertas a la oportunidad. Critican, en vez de valorar. Empobrecen y poseen el monopolio del vil arte de asesinar sueños.

   El miedo provoca una situación viciosa en sí misma, pues quien actúa con miedo favorece siempre resultados adversos para el bienestar, y dichos resultados no pueden, si bien se analiza, provocar otra cosa que más miedo, y por tanto más miedo, y más miedo. Quien se vea precipitado en esta espiral del miedo, que no es otra que la de la pobreza de carácter y la desesperanza, ha de saber que ésta es sensible al filo de una espada llamada Perseverancia. La perseverancia se puede imponer en nuestro carácter a fuerza de imponerla en nuestra actitud. Si nuestra actitud es la de un ser valeroso, por mucho miedo que albergue nuestro subconsciente, acabaremos inoculándola en éste que la hará suya para siempre. Si hacemos de la perseverancia un hábito forzado, domaremos a nuestro subconsciente que la acabará recibiendo y, por fin, ejerciendo con naturalidad. Y ese día nos damos cuenta que perseverar es fácil, porque ya no es una actitud forzada, ya que nuestro carácter la ha hecho suya. Y entonces quien nos sorprende es nuestro yo actuando con entereza desconocida en situaciones en las que en otro tiempo habríamos dicho, eso no puedo hacerlo yo porque yo soy muy tal, o muy cual. Y observaremos que donde antes nos forzábamos a dar un paso más, ahora lo hacemos con placer.

  La práctica de la perseverancia en la actitud es una llave que cuando la transmutamos en virtud de carácter abre las puertas de nuestro subconsciente a los buenos sentimientos. La espiral en la que entramos en ese momento es la espiral del amor. Viciosa en si misma también, pues quien actúa con amor favorece resultados que propician bienestar, y dichos resultados no pueden, si bien se analiza, provocar otra cosa que más amor, y más amor. Mi intención de prensar todos los buenos sentimientos en la palabra amor, y los malos en el miedo en el principio de mi exposición, no era otra de suplicar a todo aquel que quiera entender lo que mis palabras traen consigo, que no se pierda en definiciones. El meollo de lo que aquí explico es que el “cómo” reside en forzarnos a dar un paso más, con la sabiduría de que pronto se convierte en carácter puro y deja de ser forzado. En actuar aunque sea de forma fingida, como lo haría un corazón saturado de fe. Hacernos del hábito de la perseverancia funciona como la gravedad en caída libre. Su presencia aumenta por sí sola cada vez más la velocidad. No requiere de un gran esfuerzo, sino de pequeños esfuercitos sin aparente poder, pero que te cambian la vida.

   Si has creído o te han hecho creer que eres débil de carácter y que así será para siempre, te equivocas. La debilidad de tu carácter la fabricó la debilidad en tu actitud y pensamiento, y de la misma forma que se mal-construyó, se puede bien-reconstruir. El carácter puede esculpirse para bien o para mal desde los pensamientos y la actitud. Si quieres hacerlo fuerte, y propicio para los buenos sentimientos que te empujen al éxito, el cincel que te propongo para conseguirlo, se llama perseverancia, para mí, Bendita Perseverancia. 

                                 Akhennion.