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El Síndrome del Polvorillas en el Temor a la Crítica.

Mi abuelo Antonio, en paz descanse, solía enseñarme un viejo recorte de diario que guardaba celosamente en su cartera, con un artículo sobre un feroz ataque sufrido por las tropas españolas en el norte de África, en el que aparecía su nombre junto a unos pocos supervivientes más. Soldados que en el 36 habrían de continuar luchando en la Guerra Civil.

    Cuando tiras de la lengua con curiosidad a alguien que a sufrido ese tipo de experiencia, al menor atisbo de entusiasmo, se los acabas recordando; a Los Polvorillas.

 

-        Cuando llegaban los reclutas al frente los reconocíamos de entre ellos, incluso antes de que abrieran la boca. Su sobre-desparpajo los delataba. Y cuando hablaban parecía que pretendían dar matarile a todos los enemigos con su primer disparo.

Nosotros estábamos acostumbrados a convivir con el miedo. Lo invitábamos a comer, si es que había algo, y a dormir, si se podía. En nuestras mentes lo hacíamos nuestro amigo para que llegado el momento, cuando tenías que tirar para adelante, no empezara con su cantinela, aconsejándote sin cesar que te metieras en el agujero más profundo, y no salieras hasta que las ranas criaran pelo. Para que no engarrotara tus músculos, cuando tenías que disparar a un bulto, que también tenía un fusil que buscaba saltarte la tapa. Porque ya que no podíamos dejar de sentirlo, era imprescindible saber dominarlo.

En las bravuconadas bélicas de los Polvorillas nosotros sólo veíamos miedo desbocado. Por eso nunca intimábamos con ellos. Los veíamos sin remedio como cadáveres parlantes, más que como hombres, o más bien muchachos. Sabíamos que más pronto que temprano, cuando los proyectiles empezaran a zumbar a esto de  nuestras molleras, ese miedo incontrolado les haría cometer alguna torpeza de consecuencias fatales, para ellos, y a veces también para los lucharan a su lado.-  

 

Pese a su introducción, este artículo no trata de la guerra, ni del miedo a morir en ella. Trata del miedo a la crítica. Uno de los canguelos más destructivos frente a cualquier logro personal. Destruye la iniciativa del individuo, afecta a su imaginación, su creatividad, su autoestima y lo convierte en una sombra de lo que sería sin tal lastre mental. El conformismo y la resignación, suelen ser, a menudo, fruto de este temor. No importa de donde venga, aunque probablemente sea consecuencia lógica de que el hombre sea un animal social. Imaginemos al hombre sobreviviendo en la naturaleza. Un animal sin garras ni dientes asesinos como un león, sin velocidad como una gacela, sin mimetismo como un camaleón. Cómo habría de sobrevivir, sin su mente evolucionada o sin su tribu. Sin el trabajo en equipo, ni el reparto de roles. No es difícil concluir, que para un ser así el temor a la crítica sea tan destructivo.

  Frecuentemente oímos a “polvorillas”, y no se me ofenda quien se sienta identificado, decir cosas, por ejemplo, como estas:

 

-        Soy muy sincero, yo siempre digo lo que pienso y lo que siento.

-        Mi palabra va a misa. Tengo mucha palabra, y cuando yo doy mi palabra siempre la cumplo.

-        Hago lo que quiero, no me importa lo que digan o piensen los demás.

 

    Cuando una persona sabia oye afirmaciones como estas de un desconocido, suele, aunque calle, ponerse en alerta. Sobre todo si hay algo importante de por medio. Pues las personas sinceras que conocen, alardean más bien nada de su sinceridad. Y las personas confiables que conocen, no suelen proclamar lo fiable de su palabra. Y las personas sin miedo a la crítica, ni siquiera se plantean que les vayan a afectar las opiniones ajenas, y por tanto tampoco se les ocurre afirmarlo. Con todo esto no pretendo decir que todo aquel que pronuncia estas afirmaciones padezca temor a la crítica. Simplemente porque no sería veraz, o fácil de confirmar.

  Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Sospecho que este dicho popular debe tener su homólogo en cientos de lenguas y culturas. Para corregir cualquier miedo, primero tenemos que mirar en nuestro interior y saber localizarlo. Sus síntomas serán los que nos adviertan de su presencia.

 La timidez suele ser uno de ellos. Desviar continuamente la mirada en nuestras conversaciones con extraños, hacer gesticulaciones anormales. Hacer patente involuntariamente nuestro nerviosismo en nuestros encuentros con otras personas. La falta de memoria, y de control de la voz. No aceptar la responsabilidad en nuestros errores, dar capotazo a los compromisos en vez de afrontarlos. Adular a quien está y criticarlo cuando no está. Sospechar de los demás sin fundamento, lentitud en las decisiones, temor a expresar nuestra opinión, intentar impresionar con palabras grandilocuentes, contar batallitas que jamás ocurrieron, imitar a otros en la forma de hablar y en las actitudes, la falta de tacto con los demás. La falta de iniciativa, la pereza espiritual, intelectual y física. Aceptar las opiniones ajenas sin meditarlas primero…..

 

   Y hay más. Supongo que muchos que lean esto relacionarán estos síntomas con la falta de personalidad, de ambición, el complejo de inferioridad, y otras tantas consecuencias que pueden tener su origen en el temor a la crítica.  

  Advierto por experiencia a quien tenga el valor de mirar en su interior y verse de alguna manera retratado aquí, que acaba de dar un paso de gigante del que no tardará mucho en comprender las buenas consecuencias. Librarse del miedo a la crítica, eliminar esa losa que tanto desasosiego ha traído a nuestras vidas sin que fuéramos conscientes de ello es, como poco y permítanme la expresión, la leche.

 

  La crítica es un mal, que ningún bien trae consigo. Con frecuencia la recibimos de seres queridos, con lo cual se vuelve, si cabe, más destructiva. No sé quien fue el lumbreras que inventó el término crítica constructiva, porque señor quienquiera que sea, la crítica no construye nada. Si lo que nos quiso decir era sugerencia, pues con añadirle la palabra constructiva, tenemos sugerencia constructiva, que en esto de la lengua está casi todo inventado. La crítica instala el miedo y el resentimiento en nuestros corazones, y es un flaco favor hacia nuestros seres queridos. Es una debilidad humana andar cargado de críticas para ir repartiéndolas gratuitamente sin, a veces, ser conscientes del daño que provocan. Si es ud. padre y le educaron con críticas, no le haga lo mismo a sus hijos.

 Todo aquel que se desembaraza del temor a la crítica, no tarda en identificarlo como la causa de muchos de sus males en el pasado. Afortunadamente no es difícil erradicarlo, pues su fortaleza reside en que quien lo padece, no solo no lo sabe, si no que además se sentía, como “polvorillas”, libre de él. Cuando una persona tiene la fortaleza de sincerarse consigo y ve que lo padece, ya casi lo ha vencido. Pues es cuestión de poco tiempo que vea o sospeche qué se lo provocó. Se queda entonces al descubierto y te deja en compañía de tu flamante nuevo yo.

 

                                  Akhennion.

 

 

 

A un discípulo que siempre estaba quejándose de los demás le dijo el Maestro:

- "Si es paz lo que buscas, trata de cambiarte a ti mismo, no a los demás. Es más fácil calzarse unas zapatillas que alfombrar toda la tierra."

Anthony de Mello

 Una madre siempre decía a sus hijas:

  

     - Elegid bien a vuestro hombre.

 

  Nunca les decía nada más sobre ese tema. No les decía si ese hombre

 

debía ser apuesto, rico o decidido, sólo eso, elegid bien a vuestro

 

hombre.

 

 Cuando las hijas llegaron a la edad adulta se casaron. Pasados unos

 

 años, una de ellas preguntó a su madre:

 

 

   - Mamá, ¿Crees que he elegido bien a mi hombre?

 

   - Sé que elegí bien a tu padre, porque jamás tuve la necesidad de

 

preguntar a nadie si mi elección fué buena. - Resopondió la Madre.

                                                        Akhennion.